martes, 25 de febrero de 2014

Ella

Ella era especial.
Ella, era tan fría que podía helar montañas, sin embargo, en cuanto la alejabas del fuego se estremecía, se ponía a temblar y cautelosa te agarraba diciendo "no te vayas".
Ella, ella escondía todos sus miedos y frustraciones, detrás de gritos de alegría, de sonrisas y largas carcajadas. No es que no fuera feliz, sino que, vivía en la tristeza, escondida en la oscuridad y a veces, solo a veces, sacaba la cabeza a pasear, salia a la luz a disfrutar.
A ella le encantaba la lluvia, el té frío y leer tristes poesías a la vez que escucha su canción favorita. Los finales felices la hacían cabrear pero a la misma vez, si un artista a masacraba tanto una historia hasta terminar con un amargo final, le molestaba. Su mundo se planificaba al compás de una escala de grises pero en verdad, en su cabeza todo se veía negro, de un negro azabache tal que el plumaje de un cuervo a la luz de un día gris.
Ella, ella se pasaba las noches dando brillo a sus cicatrices, para que al amanecer estuvieran impecables, tan relucientes que se hicieran invisibles. Tenia un mundo interior muy labrado y a la vez muy confuso, en el que debías entrar de puntillas y con buenas intenciones, pues en cuanto te distraigas, puedes caer en un oscuro hoyo y quedarte ahí para siempre.
Ella, era mi misterio preferido, mi obsesión enfermiza y mi futuro incierto.
Una combinación de coas y bienestar que, si no más te hacia estar aturdido constantemente, te hacia querer y querer más.

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