lunes, 10 de marzo de 2014

Perdón...

No me gusta escribirte, porque eso confirma que te has ido; y no quiero, no quiero aceptarlo, me gusta pensar que aún sigues aquí, en alguna parte, vigilandome, protegiendome... Podría decirte que todo va bien, que me va bien, que sigo siendo aquella niña que conocías, con ilusiones y sueños, esa niña con la que tanto jugabas y cantabas, o que tengo un gran futuro por delante, pero entonces te estaría mintiendo, y tú me enseñastes que eso no estaba bien y menos hacérselo a un ser querido. Y yo te quería. Y mucho. Y aún te sigo queriendo.
A veces, sueño contigo, sueño que vienes a recogerme de algún lugar en el que estoy perdida y siento miedo, de verdad, siento miedo de que no me reconozcas, pero me fijo más detenidamente y me doy cuenta de que me estás sonriendo con los brazos estendidos, esperando a que vaya corriendo a abrazarte. Y es ahí cuando me olvido de todo, me olvido de mis miedos de mis pesadillas de mi yo actual y sólo por un instante me siento como la niña que era. Y entonces todo se desvanece, tan sólo era un sueño...
No creas que se me es fácil hacer esto, es la primera vez que lo hago y con cada palabra que escribo, peor me siento, no puedo parar de llorar. De llorar, de derramar lágrimas con sentimiento, lágrimas de dolor; y no sólo por tu pérdida sino por la culpabilidad, sí, culpabilidad, nadie lo sabe excepto yo, y eso es lo que más duele, no desacerme de este peso tan grande y aunque quizás sea una bobada, yo, hoy te pido perdón. Te pido perdón por aquel error innombrable, te pido perdón por no haberte llorado, por no poder luchar como me enseñaste, por no ser lo que esperarias de mi...
Por decepcionarte abuelo.

domingo, 2 de marzo de 2014

Un día más.

Un molesto pitido comenzó a sonar.
La alarma, era la alarma.
¡Como era posible que fuera la hora de levantarse si aún no se había acostado, joder!
Tenia los ojos ardientes y a la vez llorosos, cada vez le costaba más abrirlos. Sentía los parpados grandes y pesados, pues, se había pasado toda la noche llorando y ya no quedaba ni una sola lagrima más, al igual que un estanque en un verano caluroso, ella, se había secado.
Seguía temblando.
Le temía a la mañana y aun no había pensado en como afrontaría el día, un día más, un día más sin saber qué hacer, sin saber como desprenderse de toda esa pesadez.
Esperó unos minutos más, abrazando la almohada, degustando el sabor de sus ultimas lagrimas y observando como poco a poco iba apareciendo el alba por su ventana, para salir después de la cama y empezar a prepararse como cada mañana.
Se levantó y cogió lo primero que vio en el armario, sin fijarse demasiado si pegaba con el tiempo que hacia, o si le gustaba, y se sentó frente al espejo de su habitación.
No podía pensar en nada.
Simplemente se observaba, observaba cada milímetro de su cuerpo, de su rostro.
Observaba esos pequeños y oscuros ojos, lo cuales, alguna vez, habían llegado a transmitir algo más que frialdad y dolor, alegría y orgullo, por ejemplo.
¿En quien demonios se había convertido? 
¿Por qué había acabado así? 
Ella sabia que no era así, no, realmente no lo era pero, su indecisión y su inseguridad la había hecho acabar así. Una vez más y por ultima vez en aquella mañana, empezó a llorar. Sus tristes ojos se empezaron a ahogar entre lagrimas pero su gesto no cambiaba, seguía inmune, totalmente frió, sin ningún asombro de sentimiento alguno.
Pasados unos minutos, agarró de un extremo de su infantil pijama y se limpio las lagrimas, después, comenzó a cambiarse, en solo veinte minutos debía de estar en el instituto, y debía de parecer una más, debía de parecer totalmente estable.
Cogió la mochila, las llaves y una botella de agua, y cerró la puerta tras ella.
La puerta.
Ya no estaba en casa, y ahora, de camino al instituto debía de cambiar su cara, sus gestos, su actitud...
Tan sólo era un día más, sin nada nuevo, pero con más cansancio y miedo que ayer.