domingo, 2 de marzo de 2014

Un día más.

Un molesto pitido comenzó a sonar.
La alarma, era la alarma.
¡Como era posible que fuera la hora de levantarse si aún no se había acostado, joder!
Tenia los ojos ardientes y a la vez llorosos, cada vez le costaba más abrirlos. Sentía los parpados grandes y pesados, pues, se había pasado toda la noche llorando y ya no quedaba ni una sola lagrima más, al igual que un estanque en un verano caluroso, ella, se había secado.
Seguía temblando.
Le temía a la mañana y aun no había pensado en como afrontaría el día, un día más, un día más sin saber qué hacer, sin saber como desprenderse de toda esa pesadez.
Esperó unos minutos más, abrazando la almohada, degustando el sabor de sus ultimas lagrimas y observando como poco a poco iba apareciendo el alba por su ventana, para salir después de la cama y empezar a prepararse como cada mañana.
Se levantó y cogió lo primero que vio en el armario, sin fijarse demasiado si pegaba con el tiempo que hacia, o si le gustaba, y se sentó frente al espejo de su habitación.
No podía pensar en nada.
Simplemente se observaba, observaba cada milímetro de su cuerpo, de su rostro.
Observaba esos pequeños y oscuros ojos, lo cuales, alguna vez, habían llegado a transmitir algo más que frialdad y dolor, alegría y orgullo, por ejemplo.
¿En quien demonios se había convertido? 
¿Por qué había acabado así? 
Ella sabia que no era así, no, realmente no lo era pero, su indecisión y su inseguridad la había hecho acabar así. Una vez más y por ultima vez en aquella mañana, empezó a llorar. Sus tristes ojos se empezaron a ahogar entre lagrimas pero su gesto no cambiaba, seguía inmune, totalmente frió, sin ningún asombro de sentimiento alguno.
Pasados unos minutos, agarró de un extremo de su infantil pijama y se limpio las lagrimas, después, comenzó a cambiarse, en solo veinte minutos debía de estar en el instituto, y debía de parecer una más, debía de parecer totalmente estable.
Cogió la mochila, las llaves y una botella de agua, y cerró la puerta tras ella.
La puerta.
Ya no estaba en casa, y ahora, de camino al instituto debía de cambiar su cara, sus gestos, su actitud...
Tan sólo era un día más, sin nada nuevo, pero con más cansancio y miedo que ayer.

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