miércoles, 9 de abril de 2014

Abatida.

¿Por qué se atrevía a subir tan alto, si sabía que la caída sería peor? ¿Por qué se permitía el lujo de disfrutar de la vida, si sabía que todo se iba a acabar? ¿Por qué seguía autodestruyendose si lo que quería era salvarse? ¿Por qué volvía a confiar en los demás, si eso le hacía sentirse peor?
Plantada en frente del espejo, intentando encontrarse entre tanta confusión, no paraba de hacerse todas esas preguntas, no paraba de lamentarse. No entendía cómo alguien era capaz de cagarla tantas veces, cómo alguien podía ser tan torpe de no saber actuar en su propia obra.
Y lloraba.
Las lágrimas caían una detrás de otra, y ella ni siquiera se inmutaba. Tiempo atrás, no hubiera sido capaz de derramar más de dos lágrimas pero ahora, ahora estaba tan perdida que ni siquiera sentía pena ante su propia imagen, tan sólo indiferencia. Ya no aguantaba más, estaba harta de sus extremos cambios de humor, de sentirse fenomenal y al minuto estar por los suelos, de enfadarse sin razón alguna, de sentirse agotada y pérdida todos los putos días, de sentirse fuera de lugar, cansada de vivir sin saber cómo caminar, cansada de simisma.

No hay comentarios:

Publicar un comentario