viernes, 25 de abril de 2014

Odio el frío.

Hace frío en esta habitación. Dicen que ahí a fuera hace calor y no sé, quizás sea verdad porque desde mi cama puedo distinguir el sol que entra por la ventana.
Odio el frío.
Pero aquí me siento a gusto.
Alguna vez que otra he dejado de soñar por un rato y me he levantado a mirar por la ventana. La abría y sacaba un brazo para ver si era verdad eso de que afuera hace calor. Y sí, lo era. Pero cada vez que me levantaba a comprobarlo me pillaba con la ventana corredera, o me golpeaba con los barrotes o simplemente me quemaba. Y rápidamente me tenía que meter de nuevo en este iglú, tropezaba, y volvía a caerme en la cama.
Lo malo de estar aquí encerrada es que casi siempre tengo los pies fríos, nada cambia y a veces hasta tengo miedo de congelarme por pasar tanto tiempo aquí metida. Pero la cama es reconfortante, no es tan dura como el caliente suelo de la calle y es verdad que a veces me canso de estar tumbada con la misma postura todo el rato pero, ahí afuera si me caigo, el que me recoge es un cruel pavimento de asfalto mientras que aquí, la que soporta mi caída es mi almohada.
Suelo mirar por la ventana y la verdad es que se ve lindo, árboles que balancean sus ramas al son del viento, adolescentes cantando y abuelos que llevan al parque a sus nietos.
Vida.
Eso es lo que veo desde mi ventana. Pero aquí adentro no hay nada de eso, nunca lo ha habido.
Cuando me metieron o más bien cuándo entre en esta jaula (no recuerdo muy bien cómo fue) todas esas cosas que están rodeadas de un halo de colorines se esfumaron, eso aquí esta prohibido. Aquí sólo hay colores grisáceos y blanquecinos, y poco más.
Odio el frío.
Pero el calor me mata.

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